Editorial: Los sabores del barrio que quedaron en el olvido

Nadie podría rasgarse las vestiduras por la desaparición en las plazas públicas de los antiguos vendedores de alimentos varios, a saber: garrapiñadas -conocidas como praliné-,  maníes calientes transportados en una imitación de locomotora de chapa, los sabrosos chorizos con pan, la pizza de cancha -masa con tomate, que el proveedor llevaba sobre su cabeza y que se comía fría-, los churros caseros, los pirulines (caramelos largos ensartados en un palito), el barquillero con su triángulo de la suerte, los pastelitos bañados con miel y orlados por confites de todos colores, las masitas secas, los caramelos envueltos en papel blanco y cortados en la mesada de la cocina, la factura suelta o las “bolas de fraile”, las empanadas de carne o de dulce (membrillo o batata), los copos de algodón de azúcar, los turrones japoneses y los clásicos de pasta, los napolitanos, los scones, los helados sandwiche y todo lo que a usted se le pueda ocurrir.

En aquellos tiempos, las plazas eran paseos de compras de los más variados productos. Largas hileras de carritos circundaban los circuitos locales o se instalaban a la entrada o salida de los colegios. Una de las favoritas: manzanas o higos acaramelados con pochoclo agregado y el gofio -un polvo a base de maní- que formaba una masa en la boca y se disolvía dulcemente.

No es para rasgarse las vestiduras, pero algunas postales de la ciudad se han perdido definitivamente. Cada uno opinará si para bien o para mal.

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