Salud: Prevención de la obesidad en niños

¿Su hijo está gordo y rozagante?

Seguramente habrá escuchado que los niños de buen peso -a veces excedidos- gozan de muy buena salud y que los más flacos, por ese sólo hecho, están anémicos o con déficit proteico. Ni una cosa ni la otra: no porque luzca una placentera obesidad, el niño gordo vive con felicidad. Por el contrario, asume que sus padres no están contentos si no ingiere poderosas raciones de comida y evita confiarles que le sientan mal. Esta actitud recae frecuentemente en padres mayores o muy sobreprotectores que encuentran satisfacción en atiborrar con alimentos al niño. Pero también los abuelos permisivos -recurriendo a los antiguos mitos de la “sanidad”- los llenan de alimentos perjudiciales o a deshora -”para que no lloren”- generando en el hogar un entorno enfermizo en el que el padre tiene poca o ninguna actuación.

La experiencia médica recoge casos de niños obesos que en el borde del colapso alimentario han debido manifestarse por otros canales: enfermedades a repetición, enterocolitis, naúseas y vómitos y afecciones más delicadas. “No sé por qué puede ser, doctor -explican las madres-, porque el chico siempre estuvo sanito y fue de buen comer”.

Un buen pediatra detecta enseguida estas situaciones  e inicia un tratamiento, según las características, que núclea no sólo a la victima sino al grupo familiar. “¿No tendrá problemas glandulares?”, se preguntan las mamás dispuestas a no dar el brazo a torcer. Felizmente no es así: las afecciones de este tenor crean en el niño un sentimiento de culpa que los lleva a extremos muy perjudiciales para su salud deteriorada. En cuánto a los viejos cuentos acerca de las bondades de la gordura, habría que recurrir a las estadísticas de mortalidad adulta por enfermedades concurrentes: diabetes, apoplejía, hipertensión, infartos cardíacos, gota y otros. ¡Para recordar!

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